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Terra
La Coctelera
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CAPÍTULO 2: DIABLURA

He escuchado historias de quienes supongo serán como yo; Los llaman trasgos, gnomos, diablillos... Pero nunca vi a ninguno, que en mis siglos de existencia no he hecho más salida que a otras casas del pueblo por puro placer de incordiar; Aclaro que mi manera favorita de incordiar es beberme todo el vino que encuentro, aunque líbreme Dios de despreciar un buen asado.

Vivo perpetuamente apostado encima de algún armario, escrutando el vivir de esos humanos con los que tan complicado me es el comunicarme, y claro, ¿qué otra cosa puedo hacer para divertirme que diabluras? ¿Acaso no nos llaman diablillos?

¿Qué que entiendo por diablura? Pues por ejemplo...

El Eusebio es mozo viejo de la casa de los Tomatinos. Tiene una cara que parece converger toda ella en una nariz pequeña y afilada. Sus labios nunca ocultan del todo sus dientes que siempre están a la vista. Eusebio es pequeño, delgado, ratuno.

Ya había sorprendido varias veces al Eusebio espiando por la noche, tras unas matas, el desvestirse de la Mariana y decidí darle una lección, que a la Mariana, como ya expliqué, le dedico un afecto especial.

Una de esas noches, me acerqué hasta él, procurando que no intuyera mi presencia, que si es difícil verme, casi todos me barruntan. ¿No os ha pasado que a veces creéis que alguien os está mirando? Puedo ser yo. U otro como yo.

Aprovechando que Eusebio, sujetándose el pene con la mano, extasiado ante el desvestirse de la Mariana, no tenía capacidad de atención para entes sutiles...

Busqué la lengüeta y tiré con todas mis fuerzas hacia arriba.

Gritos agudos cubrieron en oleadas el pueblo, para, al rato, dejar paso a un guirigay de ladridos, balidos, mugidos... Incluso el canto de un gallo despistado.

Las ventanas se iluminaron, gente corría en la noche de casa en casa buscando información, y cuando habían desistido de encontrar quien les dijera algo, vieron llegar el coche del médico y a este bajándose con urgencias hacia casa de los Tomatinos.

La hermana del Eusebio, una de las cotillas oficiales del pueblo, no tuvo empacho en explicar con detalles el problema, y aunque todos pusieron caras de circunstancias, estaban deseando irse para soltar la carcajada que tan mal se dejaba contener.

Mientras, el médico señalaba incrédulo la palpitante masa purpúrea.

-Pero..., ¿cómo se va a subir la cremallera sola y con esa fuerza? Además, ¿seguro que eso que sobresale es un testículo? Porque yo no he visto una cosa igual. Venga, vamos rápido a urgencias a ver si encuentran remedio.

-Y tú, ¿no puedes hacer nada? –Preguntó cohibido el Eusebio, reacio a presentarse así en un hospital.

-Yo ni tocar eso ¡eh! –exclamó el médico-. No vaya a ser que se me quede en la mano. Y tápatelo. Haz el favor. Tápatelo. Dios, ¡Que repelús!

El Eusebio no volvió a mirar a la Mariana. Y hay quien jura que, a partir de esa noche, tampoco a moza alguna.

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CAPÍTULO 1: TRAS LA MARIANA

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Eché en falta a la Mariana y fui en su busca a la ciudad.

No sé si nací ni si moriré. Sé que llevaba en la casa del pueblo desde que puedo recordar, conviviendo con varias generaciones de la misma familia hasta considerarme uno de ellos, pero entre todos, a quién siempre preferí fue a la Mariana, quizás porque fui participe en su nacimiento:
De siempre me ha gustado contemplar el copular de los humanos, pero hasta hará medio siglo no se activó en mí el instinto sexual.

La noche que ocurrió, estaba apostado sobre el armario, dispuesto a disfrutar como tantas otras veces del espectáculo que en breve se iniciaría.

Ya aguardaba en la cama quien llamaron madre y ahora abuela. Su marido se desnudaba a oscuras, pero la oscuridad no es impedimento para que yo vea, y lo que vi activó en mí un instinto hasta entonces no experimentado.

Debo advertir que estoy formado por una materia tan sutil que sólo en raras circunstancias puedo ser apreciado por humanos. Curiosamente, los animales son más sensibles y advierten sin problemas mi presencia.

Los humanos, lo que perciben intensamente son mis emociones; Si estoy triste, la melancolía se adueña de la casa. Si soy feliz, cualquier excusa es buena para que, sin entender la razón, quienes me rodean se sientan impulsados a reír y festejar.

Esa noche, durante la cópula, un agujero no ocupado llamó mi atención y no pude resistirme al impulso de rellenarlo, y si bien el hombre no fue consciente de que lo sodomizaba, contagié el placer que sentí a la pareja, provocándoles un orgasmo extremo durante el que gritaron de forma tan desaforada que hubo comentarios durante meses por el pueblo.

También se comentó que las gallinas bajaran drásticamente su producción de huevos, las vacas dejaran de dar leche, que los perros y gatos huyeran sin aparente motivo... Y es los tenía aterrorizados, que agujero que veía en el pueblo, agujero que rellenaba.

En esa mi primera noche sexual fue engendrada la Mariana, a quién quiero de forma tan excluyente que me reconozco culpable de haber espantado a cuantos hombres la pretendieron.

Por seguirla, no hace mucho abandoné el pueblo y me trasladé a Pamplona. Si queréis, podéis conocerla en:

http://www.lacoctelera.com/marianalaaldeana