He escuchado historias de quienes supongo serán como yo; Los llaman trasgos, gnomos, diablillos... Pero nunca vi a ninguno, que en mis siglos de existencia no he hecho más salida que a otras casas del pueblo por puro placer de incordiar; Aclaro que mi manera favorita de incordiar es beberme todo el vino que encuentro, aunque líbreme Dios de despreciar un buen asado.
Vivo perpetuamente apostado encima de algún armario, escrutando el vivir de esos humanos con los que tan complicado me es el comunicarme, y claro, ¿qué otra cosa puedo hacer para divertirme que diabluras? ¿Acaso no nos llaman diablillos?
¿Qué que entiendo por diablura? Pues por ejemplo...
El Eusebio es mozo viejo de la casa de los Tomatinos. Tiene una cara que parece converger toda ella en una nariz pequeña y afilada. Sus labios nunca ocultan del todo sus dientes que siempre están a la vista. Eusebio es pequeño, delgado, ratuno.
Ya había sorprendido varias veces al Eusebio espiando por la noche, tras unas matas, el desvestirse de la Mariana y decidí darle una lección, que a la Mariana, como ya expliqué, le dedico un afecto especial.
Una de esas noches, me acerqué hasta él, procurando que no intuyera mi presencia, que si es difícil verme, casi todos me barruntan. ¿No os ha pasado que a veces creéis que alguien os está mirando? Puedo ser yo. U otro como yo.
Aprovechando que Eusebio, sujetándose el pene con la mano, extasiado ante el desvestirse de la Mariana, no tenía capacidad de atención para entes sutiles...
Busqué la lengüeta y tiré con todas mis fuerzas hacia arriba.
Gritos agudos cubrieron en oleadas el pueblo, para, al rato, dejar paso a un guirigay de ladridos, balidos, mugidos... Incluso el canto de un gallo despistado.
Las ventanas se iluminaron, gente corría en la noche de casa en casa buscando información, y cuando habían desistido de encontrar quien les dijera algo, vieron llegar el coche del médico y a este bajándose con urgencias hacia casa de los Tomatinos.
La hermana del Eusebio, una de las cotillas oficiales del pueblo, no tuvo empacho en explicar con detalles el problema, y aunque todos pusieron caras de circunstancias, estaban deseando irse para soltar la carcajada que tan mal se dejaba contener.
Mientras, el médico señalaba incrédulo la palpitante masa purpúrea.
-Pero..., ¿cómo se va a subir la cremallera sola y con esa fuerza? Además, ¿seguro que eso que sobresale es un testículo? Porque yo no he visto una cosa igual. Venga, vamos rápido a urgencias a ver si encuentran remedio.
-Y tú, ¿no puedes hacer nada? –Preguntó cohibido el Eusebio, reacio a presentarse así en un hospital.
-Yo ni tocar eso ¡eh! –exclamó el médico-. No vaya a ser que se me quede en la mano. Y tápatelo. Haz el favor. Tápatelo. Dios, ¡Que repelús!
El Eusebio no volvió a mirar a la Mariana. Y hay quien jura que, a partir de esa noche, tampoco a moza alguna.

Queda usted enlazado en mi blog.;)
Así me pasaré por aquí con mayor frecuencia.
Un saludo:)
Ahora he sido yo la que ha dado un respingo de sorpresa. Eusebio era el nombre de mi padre. No se parece a tu personaje ni en el físico y, espero, que tampoco en su personalidad, pero leer su nombre en tu artículo me ha hecho pensar de inmediato "cuántas casualidades". Porque, te confesaré, que entré por primera vez en tu otra "casa" por su nombre, muy parecido al mío, que me llamó la atención al verlo en mis primeros días de navegación por LC.
Me gusta mucho este diablillo. Es una pena que sea tan perezoso y despierte tan de tarde en tarde.
Un beso.
jaja..d vrdad m nknta tu manera de scribir...espero leer pronto otro posteo tuyo.Bsos!!